Industria y energía en la cornisa cantábrica

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Roger Subirà/Fundación DOCOMOMO Ibérico - Marzo de 2022

La industrialización en la cornisa cantábrica

Aunque el primer foco de industrialización en España se dio en Cataluña con el impulso a la industria textil, la cornisa cantábrica pronto se incorporó a este proceso, en este caso, gracias a sus importantes recursos naturales, en especial de mineral de hierro. La mentalidad conservadora de los dueños de las herrerías vascas hizo que el inicio de la industrialización se retrasase y durante los primeros años tampoco tienen éxito los esfuerzos realizados en Asturias para modernizar la explotación del carbón e iniciar la siderurgia. No es hasta que la industria extranjera, en especial la inglesa, empieza a requerir grandes cantidades de hierro que la siderurgia vasca se une al proceso de industrialización que ya es muy notable en el norte de Europa.

La explotación de los yacimientos de mineral de hierro de Vizcaya y Santander, a finales del siglo XIX, marca el inicio de la industrialización en el Cantábrico. La abundancia de recursos hídricos por la proximidad de importantes cordilleras será el factor que acabará de impulsar la industrialización en el norte de España. Esto se aprovecha en Vizcaya para la implantación de las primeras industrias papeleras y pronto se empiezan a crear infraestructuras para el aprovechamiento de las corrientes y la generación de energía.

Con el apoyo de capital extranjero –inglés y francés– nacen las primeras industrias siderúrgicas en Santander y Bilbao-Bolueta, a la que pronto seguirán otras industrias en Asturias, en los núcleos de Sabero, Mieres y Gijón. Se trata de una industria en buena medida extractiva y no estrictamente productiva, ya que buena parte del mineral se exporta desde los puertos de Bilbao y Santander antes de su transformación. La creación de los Altos Hornos de Vizcaya marcaría el sorpaso del País Vasco como primera región industrializada del país al vincularse al fuerte desarrollo del ferrocarril y la industria naviera. Otro factor clave es el nacimiento de importantes entidades financieras como el Banco de Bilbao o el de Vizcaya, capaces de financiar las importantes inversiones que la industria pesada demandaba.

Imagen aérea del recinto de Altos hornos de Vizcaya, al lado de la ría de Bilbao, en la población de Barakaldo, aproximadamente en el año 1936.

Con la incorporación de la energía eléctrica a la industria, nuevas poblaciones se incorporan al desarrollo industrial –Éibar, Vergara, Mondragón o Legazpia, entre otras– y nace también el cinturón industrial donostiarra, impulsando nuevas industrias de manufactura relacionadas con la siderurgia –armas, cerrajería, utillajes, etc.–.

La Guerra Civil y la década posterior marcan un parón temporal en el desarrollo industrial que vendrá impulsado, de nuevo, con la creación del Instituto Nacional de la Industria (INI), en 1957. El INI fue uno de los principales instrumentos del régimen para la recuperación económica del país después de la Guerra Civil y su actuación se basa en promover y facilitar la implantación de nuevas industrias, para lo que la energía era un elemento clave. Como notable excepción tenemos el sector eléctrico, que se convierte en el motor esencial de la industrialización. Durante este período se organiza el aprovechamiento integral de buena parte de las cuencas hidrográficas, principalmente en los Pirineos centrales, en la franja cantábrica y Galicia. En 1958, el INI impulsaría la creación de la primera central nuclear en Santa María de Garoña (Burgos).

Industria siderúrgica en Asturias

Antes de la le Guerra Civil existían en Asturias tres focos de industria siderúrgica: Mieres, la fábrica Moreda-Gijón y la gran fábrica Duro Felguera de Langreo que, con el tiempo, se fueron integrando en una sola empresa bajo el nombre de UNINSA. Sin embargo, la historia industrial de Asturias tiene uno de sus referentes en el año 1948. En ese año se crea la Empresa Nacional de Aluminio (ENDASA), que posteriormente, evolucionaría hacia INESPAL y, en la década de 1990, se privatizaría con la venta a ALCOA. En el origen de esta industria está el ingeniero vasco Félix Aranguren que fue el encargado de dar salida a los planes gubernamentales que, en plena posguerra, promovían la producción de metales como el aluminio como un factor clave de la recuperación de la economía. El plan de crear una empresa nacional de aluminio se remonta a 1943 y ésta estaba planeada en Valladolid para aprovechar los saltos del Duero. Sin embargo, razones técnicas terminarían llevando la planta a Avilés en Asturias.

Vista de uno de los edificios de la Gran Fábrica de la Sociedad Metalúrgica Duro Felguera en Langreo, construido en el año 1936 y que ha llegado hasta nuestros días. (https://patrimoniuindustrial.com/)

Pocos años después de la apertura de ENDASA en Avilés, el Instituto Nacional de Industria (INI) decide crear la Empresa Nacional Siderúrgica, SA (ENSIDESA), en el año 1950, para dar un impulso definitivo a la industria siderúrgica en España. Debido a la existencia en Asturias de una industria siderúrgica previa –que había propiciado la mejora de las infraestructuras–, ese mismo año se determinó que el lugar idóneo para su localización sería también Avilés. La idoneidad geográfica de la implantación no tuvo en cuenta que los únicos terrenos viables en términos de extensión y accesibilidad eran unos terrenos cenagosos e inundables por la ría. En consecuencia, las obras fueron colosales y la mala calidad del terreno complicó sobremanera su construcción, especialmente en relación con la cimentación. El primer alto horno del complejo no se puso en marcha hasta 1957. A partir de ese momento, la población de Avilés experimentó un crecimiento explosivo, pasando de 20.000 a 80.000 habitantes en muy pocos años.

Además de las Baterías de Hornos de Cok y de los Hornos Altos, ENSIDESA promovió en su inicio la construcción de instalaciones productivas como la Central Térmica –derribada en 2007–, la acería Martin-Siemens, la acería LD-I, las naves de hornos de fosa y laminación en caliente y equipamientos portuarios en los nuevos muelles construidos por la empresa. Además, contó con edificios auxiliares de gran importancia arquitectónica como la Central Telefónica, el Parque de Bomberos, el Hospital o el Departamento de Transportes. Fruto de su concepción paternalista, se plantearon de manera simultánea nuevos poblados obreros de entre los que destaca el de Llaranes, por su excepcional planteamiento urbanístico y arquitectónico dotado con todo tipo de servicios, de acuerdo con una marcada segregación social.

Los pantanos de Franco

Toda esta industria necesitaba energía constante, abundante y fiable. A pesar de que la construcción de pantanos está claramente asociada a la obra pública de los primeros años del franquismo, lo cierto es que el régimen retoma planes anteriores de la dictadura de Primo de Rivera e incluso de los años de la República. La importante sequía que sufrió España en la década de 1940 también conllevó una escasa producción de electricidad que lastraba el crecimiento potencial de la industria española. Esto convenció a las autoridades que estos planes anteriores debían hacerse más ambiciosos en la escala y cantidad de los proyectos.

El levantamiento militar contra el gobierno de la República que llevó a España a la Guerra Civil tuvo un apoyo mayoritario en las zonas rurales españolas. Sin embargo, pocos años después del fin de la Guerra, la España interior empezó a vaciarse en un éxodo hacia grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao. El general Franco, en deuda con la España rural que le apoyó, sabía que el futuro del país se jugaría en las ciudades, sin embargo, en los primeros años del régimen, se iniciaron grandes programas de modernización de una España interior que se vaciaba sin remedio.

Entre estos, dos grandes programas, en cierto modo complementarios, tuvieron un gran calado territorial y unas consecuencias sociales, económicas y paisajísticas innegables. Por un lado, se llevaron a cabo grandes proyectos de colonización del interior mediante la construcción de nuevos asentamientos rurales vinculados a programas de desarrollo de la agricultura y, para que esto fuera factible, se debía dar solución a la secular escasez de agua de la España interior mediante la construcción de faraónicas obras hidráulicas. El agua, sin embargo, no tenía un uso únicamente agrícola o de consumo, también era imprescindible para producir electricidad y ésta era clave para desarrollar la industria en las ciudades que era la gran esperanza para sacar al país de la miseria. Campo y ciudad se enfrentaban por un recurso que, en buena parte de España, siempre ha sido y será escaso. Influyentes profesionales de la arquitectura y la ingeniería tuvieron un papel clave en el desarrollo de estos programas y firmaron algunas de las obras más impresionantes y de mayor calidad de las décadas centrales del siglo XX en España.

Al finalizar la Guerra, España se encuentra devastada por las batallas y la sequía. En el mismo año del cese de las hostilidades, el 1939, se decide la creación del Instituto Nacional de Colonización dependiente del Ministerio de Agricultura. A través del Plan Nacional Transformación y Colonización se emprende la ingente tarea de modernizar el campo español. Se construyeron más de 300 nuevos pueblos que alojaron, en un primer momento, más de 55.000 familias a las que se les otorgaron viviendas y tierras en propiedad siempre y cuando cumplieran con las estrictas reglas morales que el régimen les imponía. Si el objetivo era aumentar la productividad agrícola y así paliar, en parte, la hambruna que siguió a la Guerra, la mejora del regadío era imprescindible y, para conseguirlo, el Régimen hizo de la construcción de presas una prioridad y, como era habitual, un argumento para la propaganda. 

En una España devastada, la lluvia no llegaba; la sequía que abarcó toda la década de 1940 es una de las más severas que se recuerdan. Las previsiones que se habían hecho hasta el momento para el almacenamiento de agua en embalses resultaron claramente insuficientes. La política hidráulica pasó, por imperativa necesidad, a ser una prioridad del régimen. Pero el agua no solo era una necesidad en el campo, también lo era para las ciudades y sobre todo para la industria, con una demanda eléctrica que empezaba a remontar igual que, lentamente, lo hacía la economía del país. Con la sequía, no solo escaseaba el agua en el campo, también era insuficiente para generar la electricidad que la ciudad y su industria demandaban.

Algunas veces ambos usos eran compatibles, pero otras, el Ministerios de Agricultura y el de Industria se enfrentaban agriamente sobre dónde era más conveniente invertir en pantanos, o cuánta agua se debía dedicar a uno u otro uso, cada uno defendiendo sus intereses. La Empresa ENHER, dependiente del Instituto Nacional de Industria velaba por la producción eléctrica y estaba dirigida por dos ilustres ingenieros: Victoriano Muñoz Oms y Eduardo Torroja. La tarea de la construcción de pantanos durante el franquismo fue ingente, en total se inauguraron 615 de 1939 a 1975.

La presa de Eume (1960) con bóveda de 108 m de altura, diseñada por Luciano Yordi y situada en un tramo encajado del río Eume (Galicia). Creative Commons

Entre 1940 y 1970, España multiplicó por diez el volumen de agua embalsada, apostando por un modelo que cambió para siempre la fisonomía de algunas provincias. Galicia, a pesar de no ser una región industrializada, cuenta con importantísimos recursos hídricos, especialmente en la provincia de Ourense. La construcción de embalses en esa provincia fue muy notable en los primeros años de la dictadura y, en muchos casos, se tuvo poco en cuenta la preservación del patrimonio paisajístico o histórico. Bajo las aguas desaparecieron pueblos enteros, tierras de labranza, importantes monasterios y hasta ruinas romanas.

Los saltos de Asturias: Joaquín Vaquero Palacios

Las primeras centrales eléctricas en Asturias fueron construidas por Narciso Vaquero, un Ayudante de Obras públicas que impulsó una importante labor empresarial. Entre sus proyectos más importantes está el abastecimiento de aguas de la ciudad de Oviedo. El hijo de Narciso Vaquero, Joaquín Vaquero Palacios, demostró una marcada sensibilidad artística desde niño. Eligió la carrera de arquitectura, como vocación paralela a la pintura, trasladándose a estudiar a Madrid. Los primeros años de actividad profesional se centraron en la pintura, por ello, al terminar la carrera de arquitectura se afincó en París y posteriormente en nueva York, donde intentó hacerse un nombre como artista y expuso en diversas galerías de arte. Con su excompañero de promoción, el arquitecto Luís Moya, participaron en el concurso del monumento Faro de Colón quedando en tercera posición de la segunda vuelta.

A su regreso de los EE UU, continuó con su intención de hacer carrera en el mundo del arte, pero empieza a compaginarlo con sus primeras obras arquitectónicas construidas en un marcado estilo racionalista.

Vaquero Palacios fue sorprendido por el estallido de la Guerra Civil en Oviedo, de donde pasó a Galicia con su familia, fijando su residencia por algunos años en Santiago de Compostela. Allí realizó numerosos proyectos arquitectónicos: llevó a cabo la restauración de importantes edificios históricos de la ciudad y construyó otros de nueva planta como el Mercado de Abastos Santiago. Terminada la Guerra, emprende nuevos viajes por Europa y América hasta que, en 1965, es nombrado director de la Academia Española de Bellas Artes en Roma, donde traslada su residencia.

Imagen aérea del Mercado de Abasto de Santiago, obra de Joaquín Vaquero Palacios del año 1937 y de estilo neorrománico (turismo.gal).

La trayectoria profesional de Vaquero Palacios, que se había centrado en la producción artística, da un giro inesperado cuando recibe en encargo de construir una serie de centrales hidroeléctricas en su Asturias natal. Hidroeléctricas el Cantábrico, la empresa de la cual recibe el encargo, proviene de una de las empresas que fundó su padre, la Junta de Saltos de Agua de Somiedo. Estos trabajos se convierten en un extraordinario ejemplo de integración de las artes y la arquitectura. En algunos de ellos colaboraría con su propio hijo, también artista, Joaquín Vaquero Turcios.

Vaquero Palacios, por su parte, es autor del maravilloso Salto de Salime, la central de Proaza y la decoración de la central eléctrica de Miranda, con un mural de 6 x 10 m en el interior y dos figuras de once metros de altura en el exterior. Todos ellos, ejemplos únicos el mundo por la unión de ingeniería, arquitectura y arte.

El Salto de Salime en el río Navía representa a la perfección la importancia que el franquismo dio a las grandes obras hidráulicas. Esto queda patente en la extraordinaria calidad y detalle del proyecto que, mucho más allá de su función ingenieril, incorporó arquitectos y artistas, en una voluntad de hacer una obra emblemática, coherente y total.

La presa y central hidroeléctrica de Salime se construyeron entre los años 1946 y 1955. La presa permite al río Navía la creación del embalse más grande de la región española de Asturias, a escasos veinte kilómetros del mar Cantábrico. En este caso, tratándose de una región húmeda, sin problemas de abastecimiento de agua, su aprovechamiento es casi exclusivamente destinado a la generación eléctrica que sí era muy necesaria en una de las regiones más industrializadas de España. 

A pesar de la complejidad técnica de la obra, en Salime se cuidaron con gran esmero los aspectos estéticos. El hijo del arquitecto asistió a su padre en este cometido: bajo relieves exteriores de hormigón e inmensos murales en las cuidadas salas interiores –la sala de turbinas es una de las joyas de la central con un mural de 300 m2–, se unen a las expresivas formas de hormigón de elementos como miradores o los elementos que coronan las compuertas de descarga.

En Proaza, el conjunto del volumen de la sala de turbinas se concibe como una gran escultura colosal de hormigón visto. La central es considerada como una de las obras más emblemáticas del patrimonio industrial español del siglo XX que sigue en funcionamiento hoy en día.

Hasta al final de su vida, Vaquero Palacios recibió múltiples premios y reconocimientos por su actividad artística que, al menos en vida, recibió mucha más atención que su obra construida. La obra de Vaquero Palacios para la empresa Hidroeléctrica del Cantábrico, para la cual también construyó la sede social en Oviedo fue divulgada en una exposición dedicada en la Fundación ICO de Madrid titulada La belleza de lo descomunal.

Castilla de Joaquín Vaquero Palacios, 1972, del fondo del MNCARS, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofia.

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